“Aquí todos sobrevivimos”

                                                    CRÓNICA PERIODÍSTICA

Alí, ha cambiado su nombre a Juan. Le parece más conveniente para la situación en la que se encuentra. Tiene 22 años, no lleva bigote y está rapado. Su lugar durante el día es una silla azul junto al semáforo del restaurante San Marcos. Usa un pantalón de mezclilla desgastado, pero una camisa blanquísima. Tal vez porque la presentación es fundamental para que las personas compren sus productos; paletas de cajeta, trapos amarillos para limpiar el auto y en ocasiones naranjas, conforman la mercancía que carga entre los autos.

El hombre de origen haitiano es uno de los tantos migrantes que en los últimos años, se han instalado en México con el sueño de conseguir refugio político o Visas de trabajo en Estados Unidos. Alí, tenía 20 años cuando llegó a Baja California y 21 cuando decidió presentarse ante las personas como Juan. Quería ahorrarse los comentarios racistas que siempre se le presentan.

Estudiaba administración de empresas en Quisqueya University, con la convicción de convertirse en el propietario de un pequeño negocio familiar. Ahora, sus manos callosas reflejan la necesidad de trabajar para comer. Regresa a su lugar cuando el semáforo cambia de color y permite, a los pocos automóviles continuar con su camino. Una gran sonrisa, intenta ocultar la decepción que solo se refleja en sus ojos al no haber vendido nada aún. Hoy, es un día nublado, entonces, no ha necesitado usar el sombrero café que permanece atado a la silla, pero si un cubre bocas blanco, para enfrentarse a los vientos secos que nunca antes había experimentado.

Sin papeles oficiales para laborar en el país, no le quedan muchas opciones de trabajo. Su sueño de cruzar la frontera, ha desaparecido a estas alturas. Me ofrece un taco de queso fresco en tortilla de maíz, asegura que ese es el mejor manjar. Lo acompaña de una Coca-Cola fría. En su merecido descanso, platica sobre su necesidad de establecerse definitivamente en el país. “Yo pensé que sería mucho más sencillo, pero nunca es fácil dejar tu hogar” cuenta con la voz entrecortada, no se trajo a nadie y le manda dinero a su madre ocasionalmente. Casi siempre 10 dólares, cada dos meses.

Intenta ser fuerte, se le nota. Le pido una foto que después de varios minutos, rechaza. Asegura que no es fotogénico, pero su tono denota desconfianza. No quiere que nadie conozca su estado migratorio. Oculta su acento, usando expresiones mexicanas y cuando se levanta de la silla azul para continuar con su trabajo, me mira antes de cruzar la calle, una sonrisa se coloca en su boca y dice, “No se preocupe muchacha, aquí todos sobrevivimos, nos cuesta un chingo…pero lo hacemos”

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Autor: sobreflordenopal

Poeta, autora de Flor de Nopal

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